Hay libros que nos enamoran por sus complejas tramas, donde parejas que nunca estuvieron destinadas a estar juntas se encuentran pese a todos los altibajos de sus vidas, superando cada uno de los obstáculos con los que se topan.
Otros libros conmueven por su estremecedora dosis de erotismo y sus escenas de alto voltaje. Y existen libros que, si bien tienen algunos elementos de uno o de otro, hablan del amor sencillamente porque utilizan muy bien el lenguaje.
Seda, del italiano Alessandro Baricco, es nada más ni nada menos que eso: un libro cuya lectura nos acaricia.
Su autor, un periodista, novelista y dramaturgo italiano contemporáneo, nunca definiría así a esta obra. Por el contrario, sostiene que Seda “no es una novela. Ni siquiera es un cuento. Ésta es una historia. Empieza con un hombre que atraviesa el mundo, y acaba con un lago que permanece inmóvil, en una jornada de viento.”
No se postula a sí mismo como un libro de amor, sino que es una novela acerca del amor, acerca del desencuentro, de la entrega y de la espera. Y, sobre todo, acerca del silencio. Los protagonistas son Hervé Joncour, un comerciante francés de seda de hace un par de siglos atrás, y una muchacha desconocida de rasgos occidentales que vive junto a Hara Kei, el poderoso hombre del Japón.
Dos personas que no se conocen, que sólo alcanzan a imaginarse. Una distancia infranqueable, que se surca de tanto en tanto con un esfuerzo que pasa desapercibido. La imposibilidad de olvidar y de dejar atrás, a la vez que la necesidad de hacerlo. Todo eso y mucho más encontrarán los lectores al enfrascarse en la lectura de esta deliciosa obra.
Si resulta difícil transmitir imágenes visuales con palabras (por algo se dice que una sola de las primeras vale más de mil de las segundas), mucho más complicado resultará expresar imágenes táctiles. Pero Baricco lo consigue. La seda del título tiene muchas connotaciones que los lectores van descubriendo: la motivación que impulsa al protagonista a dejar atrás su lugar en el mundo y a su mujer, la textura acariciante de un papel, de una tela, de la piel, de una voz. Finalmente, también es la textura de la propia novela, que acaricia a sus lectores y los mantiene cautivos hasta la última página.